Un sueño sin noche

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Un sueño sin noche reúne piezas cerámicas de Naomi Gamarra (Ginebra, 1999) que se articulan en torno a una arqueología especulativa del cuidado, la memoria y la transmisión. A través de materiales como el pelo y el piojo, la artista construye un universo simbólico donde se entrelazan elementos biográficos, históricos y mitológicos.

El punto de partida es el gesto del despiojamiento, entendido no solo como práctica higiénica, sino como un acto de cuidado cotidiano con fuerte carga afectiva y social. En diversas culturas, este gesto íntimo genera espacios de cercanía, confianza y relato corporal. En la exposición, se retoman estas escenas para proponer una comunidad de seres “piojosos” que se cuidan, se transforman y se vinculan a través del contacto.

El inicio de este gesto proviene de una memoria personal de Gamarra. Recordando su infancia cuando compartió su cuarto con amigas de su madre, que ella llama ahora ‘comadres’, y que el cuidado del pelo se acompañaba de rituales, como ese del despiojamiento. Entre conversaciones, silencios y trenzados de pelo, se tejía un espacio de confianza y complicidad entre mujeres. En ese cuartito, lleno de historias, los piojos no eran solo parásitos, sino testigos de vínculos, conflictos y cuidados. Esa vivencia íntima marcó su deseo de pensar el cuerpo como territorio colectivo y el acto de despiojarse como un modo de crear comunidad desde lo afectivo y lo cotidiano.

Cabellos trenzados, cerámicas reinterpretadas y figuras híbridas componen un conjunto de obras que exploran la dimensión simbólica del piojo, resignificándolo como una figura ambigua: un ser que migra, se adhiere, transmite. Considerando su carácter parasitario, Gamarra también lo entiende como un portador de información, que incluso, se ha descubierto, es capaz de ofrecer conocimientos sobre la alimentación, la migración y costumbres sobre la vida de comunidades antiguas mediante el estudio del ADN hallado en liendres momificadas.

A partir de escenas cotidianas presentes en cerámicas precolombinas mochicas ( 100 d.C) , como mujeres y la deidad Mollep despiojándose, la artista plantea una reinterpretación contemporánea que no reproduce esas iconografías, sino que especula desde el afectivo con ellas. En este cruce entre pasado y presente, lo doméstico y lo ritual, se abren nuevas formas de narrar la historia desde lo íntimo y lo corporal.

La presencia del pelo en las obras, emergiendo de las cerámicas o dispuesto como rastro, remite a la persistencia de los vínculos femeninos y comunitarios. Más allá de lo físico, el pelo se presenta como huella, memoria y signo de cohabitación intergeneracional. La exposición propone así una lectura del cuerpo como archivo vivo, donde lo biológico y lo simbólico se entrelazan.

A través de esta instalación, Gamarra plantea una inversión de jerarquías: lo profano adquiere estatus ritual, lo marginal se convierte en hegemónico: se crea un espacio de relectura identitaria, donde lo pequeño, lo cotidiano y lo afectivo permiten imaginar nuevas formas de comunidad, poder y transmisión.